El compositor y guitarrista
Dani Mosca es el protagonista absoluto de la última novela de David Trueba
(Tierra de Campos. Editorial Anagrama), una biografía en la que destacan los
conflictos familiares y las relaciones personales de un músico, que sin ser
brillante, sobrevive en el loco mundo de la industria discográfica.
Respetar la última voluntad del
padre de ser enterrado en el pueblo donde nació, obliga a Daniel a iniciar un
viaje que será también sentimental. Sentado en un coche fúnebre conducido por
Jairo, el chófer ecuatoriano de la funeraria, y con el cuerpo de su padre en la
parte trasera, se dispone a repasar lo
que ha sido su vida hasta el momento. El trayecto hasta el pueblo situado en la
comarca histórica de Tierra de Campos, en
el norte de Castilla, son recuerdos que discurren a través de largos campos de
trigo y de cebada, kilómetros y kilómetros de tierra que simbolizan el hogar,
el pasado, las raíces ancladas y bien ancladas del padre del protagonista.
Un hombre duro, de campo que no entiende a su hijo, y menos su oficio tan moderno. La música, algo que para él es el arte de hacer ruido pero que para su hijo; Dani Campos, es su anhelo, su profesión y su modo abstracto de plantarse en el mundo, es a través de las canciones y de sus letras como este muchacho que vive en un humilde barrio de Madrid, expresará sus sentimientos y sus circunstancias lo largo de su vida, podemos decir que su discografía es su memoria, su álbum de fotos.
Como un disco de vinilo la novela tiene dos caras. La cara A es fresca y divertida. Son los años 80, el éxito parece tocar a aquella banda un tanto irreverente que se formó en un instituto religioso. El carismático Gus, el salvaje Animal y el sensato Dani, viven aventuras y anécdotas que Trueba narra sin descanso por boca del protagonista. No hay un solo diálogo en toda la obra pero el estilo, sencillo y ágil, hace que la historia fluya a ritmo de rock and roll.
La amistad, el sexo y el amor, sobretodo el amor, junto con el desenfreno y sus consecuencias, son el material con el que se componen muchas de las canciones del grupo. Dani rememora en especial su infancia y su adolescencia, las sólidas amistades forjadas en esos tiempos, la búsqueda de la identidad y los desencuentros con un padre formado en unos valores que le son ajenos. Aún no hemos llegado al pueblo, estamos escuchando la cara A, la de los inicios, la de la ilusión. La industria discográfica, aún boyante, no repara en gastos, los conciertos se suceden y todo se vive intensamente. Dani recuerda esa época con nostalgia, la época en que conoció el amor en mayúscula.
Pero llegamos al pueblo y le damos la vuelta al disco. En teoría es un reencuentro pero Dani no se siente cerca de esa gente que le recibe con exagerado entusiasmo. Él no cree tener allí raíces, tal vez porque las suyas, entrelazadas en algo tan etéreo como la música no pesan. “Éramos lo que hacíamos” nos dice. La cara B es melancolía, es pérdida, es madurez. El tiempo ha pasado y lo ha desgastado todo. A Dani se le intuye cansado, tal vez resignado a sobrevivir en solitario en una profesión obligada a mutar con el cambio de siglo. Es un contraste evidente con la vitalidad y el entusiasmo que desprenden en el pueblo aquella parte de la familia que se mantiene, fuerte y orgullosa anclada a sus raíces.
“Hay pasado por todas partes. El pasado está posado sobre nosotros como el polvo sobre los muebles. Hay pasado en el presente y hay pasado en el futuro. Impregnado, agarrado, diluido, difuminado, mezclado, empastado, desenfocado. Hay pasado en el recuerdo, en el gesto, en los rasgos, en las frases por decir, en las soluciones.”
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