La segunda y última novela de Anne Brontë, publicada el
1848 bajo su pseudónimo masculino, Acton Bell, es una obra valiente y
transgresora que desafía los estándares sociales victorianos, y lo hace a
través de un personaje femenino empoderado, dotado de una voluntad firme y al
que, la pequeña de las Brontë, arma de pensamiento crítico. La novela fue
censurada incluso por su hermana Charlotte, que impidió su reedición tras la
muerte de Anne, al considerar que los temas tratados: el abuso en el matrimonio
o la degradación consecuencia del alcoholismo, eran groseros y poco adecuados
para la época. En realidad, el estilo directo de Anne Brontë al describir el
comportamiento inmoral de algunos de los personajes masculinos de la obra,
recordaba demasiado a algunas conductas del único hermano varón de las Brontë;
Branwell.
El personaje rupturista es Helen Graham, una joven que se
presenta en sociedad como viuda tras alquilar la ruinosa y aislada mansión de
Wildfell Hall. La casa medio abandonada, descuidada y fría es el reflejo del
estado interior de su nueva inquilina, una mujer que parece mayor, aunque aún
es joven, y que, al igual que la vieja mansión, sigue en pie y con sus pilares
intactos a pesar de los contratiempos.
La primera parte de la novela es una carta que el joven
granjero y pequeño propietario, Gilbert Markham, escribe a un amigo
detallándole la evolución de su relación con la misteriosa inquilina. Así, a
través de una mirada masculina, es como nos iremos armando el personaje de la
Sra. Graham en nuestro imaginario. Inicialmente, Helen se nos muestra severa,
inflexible, muy protectora con su hijo pequeño e intransigente ante la
normalización de costumbres nocivas, aunque ampliamente normalizadas —como el
consumo de alcohol—; además, sus vecinos la perciben poco dispuesta a mostrarse
complaciente con ellos y su carácter reservado alimentará todo tipo de
especulaciones en una comunidad rural, cerrada y puritana como la de Linden-Car.
Gilbert, primero intrigado y después atraído por Helen, no se
deja influir por las opiniones negativas y los comentarios maliciosos de sus
vecinos e intentará entablar una amistad con la viuda. Las sospechas y los
cotilleos se extienden como la pólvora entre una comunidad que no tardará en
etiquetar a la nueva habitante de Wildfell Hall de descarriada. La desconfianza
y el rechazo hacia una mujer de clase media-alta que se mantiene por sí misma
–Helen pinta cuadros que luego vende– es lo normal en la sociedad victoriana.
Los maridos, o los parientes varones a falta de estos, eran los responsables de
la manutención de las mujeres de la familia. Esa anomalía la pone en contra de
un vecindario que mirará con lupa todas sus actuaciones. Helen no es asidua a
la parroquia –la juzgan como poco devota–, se muestra en exceso protectora con
su hijo pequeño – la consideran una mala madre que está echando a perder el
carácter del niño– y además recelan de la relación que la inquilina mantiene
con su casero al calificarla como demasiado íntima – la tacharán de adúltera-.
En la segunda mitad de la novela, Helen toma el relevo y se
convierte ahora en la narradora; será por medio de sus diarios que conoceremos su
historia. El acceso a esos textos tan íntimos nos permitirá conocer a la
verdadera Helen. Esa mujer severa y distante que se nos ha mostrado hasta ahora,
es el resultado de la transformación de una joven e ingenua niña cuyo error fue
confiar en su criterio, ignorar los consejos de sus mayores, y dejarse
encandilar por el carisma de un hombre vacío y disoluto. El proceso de madurez
de la protagonista es uno de los puntos fuertes de la novela.
Pero Helen, lejos de aceptar un matrimonio que la hacía
desgraciada y, sobre todo, dispuesta a proteger a su hijo de la mala influencia
de su padre, decide pasar a la acción y buscar una salida. Y aquí está lo
rompedor, lo provocador, lo que hace de esta historia algo más: y es que Anne
Brontë empieza a dibujar en Helen los rasgos de la «nueva mujer», una mujer
activa, con sus propios deseos, que sale a la esfera pública reservada
exclusivamente a los hombres y busca su independencia económica y su desarrollo
personal; una mujer que no acepta el sacrificio y que cuestiona la imposición
social que hace del matrimonio el único objetivo vital femenino.
En resumen, la Sra. Graham no encaja en el canon diseñado por
el patriarcado en la época victoriana para la mujer de clase media: "el
ángel del hogar", el rol que la limitaba a esposa y madre tras la boda y
la relegaba a la esfera privada. El industrialismo en la Inglaterra del s. XIX
supuso el auge de una burguesía que basó su identidad sobre una estricta
moralidad que estableció unos roles de género muy rígidos e hizo del hogar y la
familia su piedra angular. La virtud era el adorno más preciado en esta sociedad
que, a través de los manuales de conducta, marcaba las pautas de cómo debía ser
la mujer-esposa ideal.
La autora critica la doble moral victoriana de la que ha sido
víctima Helen tras huir de su narcisista y manipulador marido, un personaje que
aglutina todos los rasgos necios de la vida privilegiada de la aristocracia.
Arthur Huntingdon es la representación del marido absoluto. En la época
victoriana el matrimonio colmó de derechos al hombre, mientras se los despojaba
a la mujer. El marido disponía de todo: de la fortuna de la esposa, de la
patria potestad total sobre los hijos, e incluso gozaba de la permisividad de
la sociedad ante cualquier comportamiento inmoral. 
Anne Brontë
Anne Brontë se atreve a sugerir a la mujer victoriana que su
felicidad no está siempre en el matrimonio y presenta en una novela otro modelo
de mujer: Una mujer independiente que se atreve a pasar a la acción, desafiando
la autoridad masculina.
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